titanic

Estábamos prácticamente “listos”, o eso afirmaba el capitán Mark Allen con su limitada experiencia en esto de la navegación. Así fue, embarcado de la mano del armador más novato, y no en un velero cualquiera, sino en aquel que había adquirido meses antes por tan solo 3000 £ en Internet. Eso sí, supuestamente indestructible como el Titanic. Pues la pequeña Anna, un Albin Vega de 28 pies tenía quilla corrida, y por ello, decían que era capaz de navegar hasta la Antártida y nunca volcar.

Meses antes mi amiga Raquel algo desesperada me pidió que hablará con su novio, pensaba que sería buena idea que yo, que había estudiado “aquello de los peces”, le parara los pies a Mark y le dijera que el mar es peligroso e impredecible. Su idea era cruzar el Atlántico en el invierno siguiente, y así durante aquel verano navegar desde el pequeño puerto de Queenborough hacia el sur, con el objetivo de acercarnos al lugar del salto y por supuesto poner a prueba a Anna. Me dijo que sólo le faltaba encontrar a alguien lo suficientemente tarado como para embarcarse con él. Obviamente no tardé ni veinte minutos en sumarme al plan. Probablemente embarcarme en esto fuese lo más irresponsable que había hecho en mi vida.

Todavía estábamos viviendo en Escocia dónde nos conocimos, cuando pensamos que sería buena idea invertir un poco en educación náutica, ya que no teníamos ni idea de veleros, y además el viaje iba a ser de lo más económico. Scott fue nuestro “Day Skipper Instructor”, un buen marino con el que pasamos una semana a bordo del Somerled, un Salona 37; y junto con otros alumnos navegamos entre fiordos escoceses. Mark era prácticamente del sur de Escocia, y aunque no tenía don de gentes conseguía entenderse bien. Yo, igual que mi padre cuando viaja a Italia pone acento italiano, intenté hacer lo mismo en inglés, pero con acento escocés y terminología náutica británica, es decir, un desastre. A pesar de las dificultades cognitivas, conseguimos aprender algo más que nociones básicas, y en un gesto de lo más benevolente nos aprobó nuestros certificados, ya éramos “Sailors”.

En aquel entonces, todavía nos considerábamos marineros cautos y recién titulados por la RYA. Lo cual no quiere decir que nuestra titulación cubriese las competencias necesarias para tal pasaje, aunque nos salvaría el culo en otra ocasión ante las autoridades portuguesas, pero eso es otra historia. Revisábamos aquello que creíamos necesario: equipo de seguridad, combustible, depósitos de agua, sentina, etc.; y sólo partimos cuando creímos tenerlo todo planeado. Prudencia que nos duraría hasta llegar al centro del Támesis, donde empezó la travesía y perdimos el GPS, o mejor dicho, se fue por la borda al baldear la bañera, ese era el nivel… Afortunadamente los móviles nos salvaron en esto de la orientación.

Desesperados por navegar izamos las velas con orgullo, pero nada… Probablemente con menos de 4 nudos de viento, aunque satisfechos por saber que todo aquello funcionaba correctamente. Fue entonces cuando empezamos nuestra etapa como “Hardcore Sailors”, o así nos llamaban en los puertos británicos donde atracamos en adelante. Justo al comienzo de una travesía que esperábamos durara meses, a varias millas del puerto de salida y bajo el más inesperado sol que cabría esperar en aquel lugar, justo allí, nos abandonó el motor. Mark, electricista titulado por las fuerzas armadas británicas en Afganistán, se atrevía con todo. Instaló una placa solar que se prolongaba más allá del espejo de popa, atornilló la sonda de profundidad al casco, un listón de madera le hizo falta para crear un soporte para el fuera de borda, en definitiva, un auténtico chapuzas. No contento con sus triunfos, semanas antes de partir decidió destripar el motor y volverlo a ensamblar a modo de revisión. A partir de ahí, una historia de amor odio entre armador y motor nos acompañó durante la travesía.

Sin viento y avanzando lentamente con el fuera de borda, de repente, como si flotasen sobre el agua y erguidos hacia el cielo, alcanzamos a ver el impresionante parque eólico de Maunsell, donde todavía se mantenían las Fortalezas Marinas de la Segunda Guerra Mundial. Aves volando entre molinos, gigantescas sombras proyectadas en el agua, el mar y nosotros, nadie más que nosotros. Sólo entonces, me di cuenta de cuan acertada fue la decisión de subirme en aquel barco, de que a veces hemos de ser algo irresponsables e ir más allá de nuestros límites para vivir aventuras y visitar lugares que de los que para muchos, probablemente, nunca serán más que sueños.

Podría decir que tuvimos una maravillosa travesía hasta el puerto de Ramsgate, aunque no fue así. Luchamos contra la calma durante horas y horas, y el fuera de borda no hacía más que engullir gasolina, ¿Realmente no había viento o ni siquiera sabíamos cazar bien las velas? Apenas 2 millas más para llegar y un par de litros de combustible, pero la bocana que divisábamos desde hacía horas paradójicamente parecía estar cada vez más lejos. Finalmente, llegamos!

Ese día, pese a todo, no sólo descubrí mi pasión por la vela, también aprendí a disfrutar de la llegada a tierra firme y todo lo que ello conlleva, siempre y cuando no implique permanecer en tierra más de un día o dos hasta volver a echarse al mar.

La aventura sigue en ‘Navegando con los Wailers‘.

Lucas Coll – Oceanógrafo

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